lunes, 23 de agosto de 2010

Tampoco hay un título aquí





No sé durante cuánto tiempo más pueda durar mi tristeza. En un intento por olvidar, cuento los días y me alegro al saber que cada vez se hace más lejana tu partida. Pero es un intento vago. Mientras más me esfuerzo por olvidarte tu recuerdo va creciendo como la lluvia hace reverdecer mi jardín. Si tan sólo estuvieses a mi lado en estos momentos, no sé qué te diría ni sé de qué manera mis ojos buscarían encontrarse con los tuyos. Me gusta soñar con que tú aún sueñas conmigo. Me gusta creer que no me guardas rencor. Pero muchas veces observo a través del permiso que me ha concedido el destino, y veo que tu presente no es mejor que antes de mí. Todo se quedo en el mismo sitio, tal vez degradándose, tal vez en pausa, tal vez acostumbrado y amando la rutina que fue lo único que conservamos de nuestra última vez: la rutina de esperar por algo que nunca llega. Sé que algo nos sigue uniendo, ambos seguimos esperando esos tiempos dorados que se tardan tanto en llegar. Ya no los disfrutaremos juntos, ya no nos contamos lo qué siente cada uno al esperar. Sé que aun me recuerdas con el rencor de lo que no pudo ser, de no haber dado la talla ni tú ni yo. Pero sé que me recuerdas, y ese recuerdo no morirá hasta que el tiempo no toque a tu puerta, hasta que el tiempo no toque a la mía. Extraño este mundo al que no quiero volver. Y extraño esos dos mundos ámbar que me hacían inmensamente feliz cuando brillaban sólo para mí. Pero ese extrañar no me deja tragar ni el mismo aire que respiro, y así como lo nuestro, este escrito tampoco haya su final...

1 comentario:

Ricardo Musso dijo...

Buenos días Bianca.

Gracias por tu pasada por mi sitio.

Perfecto relato – o carta, no sé – de la lucha interna que experimentamos cuando queremos desprendernos, dejar u olvidar algo (o alguien) que nos perjudica, nos afecta, nos daña; y la vez surge el deseo de tenerlo, poseerlo, disfrutarlo.

¿Cuántas veces nos sucede en la vida esto?..., ufff…, infinidad de veces diría yo.
Si la razón pudiera gobernar las emociones con seguridad no sufriríamos estas situaciones. Pero por otro lado podríamos convertirnos en personas frías e insensibles.
Así que lo mejor – en mi opinión – es aceptar que así somos; pero empeñarnos en salir airosos de estas batallas y no “bajar los brazos”.
Una de las formas de lograrlo, es auto-convenciéndonos que somos merecedores de todo aquello que nos permita disfrutar esta corta vida que tenemos, y no aferrarnos a lo imposible, o a aquello que nos perturba.

Si me permitís la comparación: “Como me gusta la pizza!!!..., pero como engorda!!!”…jajaja!

Besos.
Rik